Anna surgió, sintió un soplo cálido que le acariciaba el rostro y abrió los ojos. Se encontró a sí misma tumbada en el suelo rodeada por altos pastizales ambarinos que se extendían hasta un lejano horizonte de montículos rocosos. El cielo sobre ella, intensamente azul y homogéneo, parecía haber sido pintado de una sola y segura pincelada. El aire, cargaba consigo un aroma apenas perceptible pero enormemente sugestivo y no se oía sonido alguno excepto el del propio correr de la brisa a través de la hierba, que se estremecía curiosamente lenta. Eso y que tenía miedo sin saber a que, pero intuyendo que al miedo mismo, era de lo único que creía estar segura. Ignoraba por completo que su pelo era largo y tan rubio como la paja que la ceñía. Ignoraba que sus ojos eran más negros que la noche misma y que su nariz estaba cubierta por pequeñísimas manchas castañas. Desconocía por completo su nombre, su edad y menos que menos podía recordar como y por qué había llegado a tal situación. Instintivamente, miro por sobre sus hombros en busca de algún signo que le indicase por donde había llegado, Pero nada había allá atrás más que una infinidad de pastos secos. Se preguntó a sí misma si estaba muerta y concluyó que no: No recordaba una historia que la precediera y tal cosa era lo mismo que haber nacido en ese preciso instante ¿Cual sería el primer recuerdo del que guardaba memoria?
Anna caminó algunos pasos y recién entonces se percato del extenso manto níveo que cubría su delgado cuerpo. La tela la envolvía como abrazándola y remarcaba sus formas. De un solo tirón, arranco la parte inferior de la túnica que se le enredaba en los herbajes dejando al descubierto sus piernas profundamente blancas. Todo lo que sus sentidos captaban se sucedía con tal pausa que amagaba con rendirse en el intento. Las brisas sobre su cara, el rozar de las espinas cobrizas, que ahora cortaba sus piernas, el sonido de sus pasos sobre la tierra levemente húmeda, todo, absolutamente todo parecía hallarse entre paréntesis e incluso creyó percibir que los sucesos se articulaban uno detrás de otro sin que mediara entre ellos una separación abrupta. Anna Comenzó a caminar, hacia delante pues así sentía que debía hacerlo, caminó un tiempo indefinido e identificó a lo lejos un solitario y pequeño árbol oculto entre los pastos, y mas a lo lejos pudo divisar con claridad las colinas rocosas. Sin dudarlo se dirigió hacia el árbol, quizás por simple curiosidad o quizás porque era lo único distinto que había visto en toda su corta vida. Comprobó que a sus pies,nacía un rió y en esas aguas adormiladas, pudo ver su propio reflejo y por un instante reconocerse. Una extraña sensación le recorrió entonces el cuerpo, como si algo dentro de ella luchara por escapar, pero fue un aliento efímero que agonizó en su propio ensayo de regeneración. Anna permaneció un largo rato mirando su doble sobre la superficie pulida y cuando supo que esas eran aguas seguras decidió bañarse en ellas. Se sumergió en las negras profundidades que traslucieron y ciñeron aún más el fino manto que la envolvía. Su cuerpo albino era de una gracia casi diabólica, poseía pechos pequeños y firmes y sus pezones aun más pequeños y profundamente oscuros se erguían dé tal manera que parecían a punto de estallar. Su cuerpo era largo y enjuto, su piel blanquecina parecía ser tan suave como el agua que entonces la mojaba; el poco vello que cubría su pubis era, también, intensamente blanco. Anna jugueteo con el agua olvidando todo lo demás, paradójicamente su memoria comenzaba a aclararse y las cosas a su alrededor se empezaban a figurar acompañadas de borrosos significados.
Sus manos pequeñas y sus largos dedos continuaban empujando la líquida oscuridad y regodeándose en ella, cuando Anna noto, casi sin darse cuenta, que la piel inmaculada de una de sus manos comenzaba a levantarse. Sobre la palma blanca se abrió la carne dejando lugar a un oscuro símbolo oval que era cruzado por tres estrías también absolutamente negras. Verlo despertó en su mente una avalancha de medias memorias que no terminaban jamás de apuntalarse y que sugerían en su misma fugacidad, otra vorágine de recuerdos que hacían lo propio. De las incalculables ideas que pasaron, tan solo dos pudieron subsistir: Anna supo que eso mismo ya había sucedido con anterioridad; supo que pasaba seguidamente y que la mayor parte de las veces, entre las reminiscencias que se sucedían sempiternas y que así mismo se escapaban, estaba aquella que remitía a lo que sucedía en ese mismo momento. Anna percibió que de alguna manera y por alguna razón que ella no comprendía pero podía intuir, haber logrado hacerse de ese recuerdo era de gran importancia. Lo segundo que recordó, fue que aquel símbolo en su mano representaba a la misma agua que lo había descubierto y que estaba trazado en caracteres que solo ella podía comprender. Así mismo sintió que con cada recuerdo se estremecía su cuerpo como atravesado por mil filosas espadas y supo que debía averiguar que había detrás, o adelante de todo eso.
Allí permaneció Anna, sumergida en las aguas, ensimismada e intentando entrelazar esas memorias que se le conformaban tan dispersas cuando sintió un perfume especialmente pulcro que le venía de a fuertes ráfagas heladas. El cielo comenzó a cubrirse por espesos nubarrones arremolinados. Las primeras gotas que la salpicaron vinieron acompañadas por gruñidos que hicieron temblar hasta las entrañas de la tierra y el cielo que en un solo soplido ensombreció todo lo que había por debajo de él.
A lo lejos sobre los cerros Anna pudo ver las dagas de fuego cortar el aire y el terror se apodero de ella. Salió del agua tiritando de frió y de miedo, con el cuerpo encogido abrazándose a sí mismo. La piel mojada, brillaba en medio del gris perpetuo en el que se había convertido la estepa que cada vez parecía mas alejada del cielo. Se cubrió nuevamente con la túnica y notó que aquel segmento que le hubiera arrancado en la mañana se encontraba nuevamente en su lugar, sin preguntarse porque, se cobijó el rostro con la capucha, y sus pelos enrulados fueron entonces totalmente lacios, cayeron sobre su rostro ocultándolo casi por completo. Solo aquellas pupilas negras refulgentes lograron superar al sin color que teñía los alrededores. Anna recordó entonces a aquella tormenta. Evocó el cielo exageradamente alto y en él varias nubes fuliginosas tranzando una danza póstuma. Se acordó de ella misma huyendo y resintió el terror que hubo sujetado su cuerpo. No supo de qué huía pero supo que venía con la tempestad.
Un ruido sordo la extirpo de sus pensamientos, una de las dagas refulgentes azoto el árbol que estaba entonces ya a bastante distancia y lo trasformo en una flama ardiente que chispeaba por doquier. Unos segundos después se oyó un bramido victorioso desde alturas; casi al mismo tiempo que Anna podía sentir el arisco hedor de la madera humeante y oír el áspero ronquido del fuego que crepitaba insaciable. Las lenguas rojizas comenzaron a extenderse sometiendo al impávido diluvio y pronto la sabana áurea fue de un escarlata furioso bajo un gris melancólico.
Anna corrió hacia delante, corrió intentado escapar del fuego que devoraba todo a su paso con lenguas que se levantaban por sobre ella hasta fundirse con las mismos nimbos marchitos. Corrió sin detenerse jamás, ni siquiera para mirar por sobre sus hombros, pero su tranco nunca podría ser más rápido que la bestia de fuego y su apetito insaciable. Primero sintió el aire calentarse hasta que las mismas gotas de lluvia se evaporaban antes de tocar las llamas, luego sintió los latigazos ardientes rasguñar sus ropas, el humo áspero que se le metía en la garganta y en los ojos y los recuerdos que regresaban cada vez con mas facilidad. Anna supo que por sobre todas las cosas no debía sacrificarse y sabiendo que no era el momento para pensar entendió porque. Se dio media vuelta ocultando todo su cuerpo bajo la manta que parecía haber crecido de tamaño como para poder cobijarla por completo, y extendió la palma de la mano con el signo enfrentando a las llamas, estas como reaccionando con saña se abalanzaron sobre ella y apenas tocaron la carne impresa se extinguieron acompañadas por un silbido de ira y enormes nubes de vapor. Antes que la última llama ardiente se ahogara por completo, como una ultima exhalación, Anna sumergió su otra mano en ella, y tal como esperaba, pudo ver como bajo su carne blanca se figuraba un nuevo símbolo que constaba de cuatro trazos curvos y finos cruzados por uno de mayor grosor. El alud de remembranzas fue furioso.
Recordó que ella misma hubo grabado esos símbolos de poder elemental en su cuerpo, valiéndose de antiguas y prohibidas magias arcanas. Evoco haber aprendido esas magias por propia cuenta y haber jugado con fuerzas demasiado poderosas y trastornadas. Refrescó que lo hizo para ocultar un secreto grandioso pero tan espantoso como aterrador y comprendió que el terror al que escapaba no la seguía por detrás. Inmediatamente vislumbro en aquel hallazgo la llave para conocer su historia. Recordaba cada vez más haberse encontrado antes en una situación similar, preguntándose por su pasado, por su memoria y descubriendo de a poco que lo que hubo sido era lo mismo que le sucedía. Percibió una conexión que negaba cualquier posibilidad de imprevisión y supo sin lugar a ninguna incertidumbre, que aún faltaban dos insignias. A los develamientos, le sucedieron nuevas cavilaciones que se insinuaron y así mismo desaparecieron. Sabía que tenía suficientes rastros como para presagiar donde conseguir los dos caracteres que le faltaban pero también sabia que no contaba con el recuerdo que hiciesen completamente coherentes los rastros de las acciones.
Anna comenzó a caminar Con rumbo marcado hacia los altozanos pedregosos que hubo visto al despertar un tiempo atrás; no sabia que podía esperarla más allá de los altos picos, pero sabía que era mejor que un pastizal ausente.
La cuesta resultó empinada y la caminata fue lenta y forzosa. Los eriales chamuscados fueron quedando cada vez más lejos y poco a poco fueron surgiendo primero, pequeñas arboledas y luego cientos de árboles robustos hasta que Anna se hallo caminando por medio de un frondoso bosque, completamente enmarañado que se cerraba muy alto por sobre su cabeza formando una profunda noche sin estrellas. Con cada paso que daba podía sentir que unos ojos ciegos la seguían en las penumbras, susurrando en su oído el lánguido sollozo del silencio más helado. El olor a humedad era tan denso que a Anna le pareció que le abrazaban el cuerpo, Encrespada por los escalofríos, extendió la mano que hubo hundido en el fuego y una pequeña llama se encendió en medio del símbolo sobre su palma y destello un albor tenue que fue impregnando todo alrededor hasta que los árboles parecieron tener una propia y leve luminiscencia. Fue como si en un segundo todos los árboles de en rededor se hubiesen movido. Como si en la oscuridad todos ellos se hubieran encorvado con sus rostros inexpresivos sobre su cuerpo, siguiéndola, casi rozándola, respirándole sobre la cara y como si ante el primer brillo se hubieran alejado, aterrados de un salto.
Anna se encontró parada en medio del único claro de una floresta perpetua, estaba en medio de un círculo perfectamente iluminado y el árbol más cercano estaba a una distancia mas que prudente. El suelo, suave bajo sus pies, le pareció el lugar que tanto había estado buscando y sobre él poso su mano izquierda. Al primer tacto comenzó fluir de ella el agua mas transparente que Anna hubiese visto en todas sus vidas y en contacto con la tierra, se trasformo en barro. El tercer elemental, según había recordado.
En aquel charco de barro fue a hundir su delicado pié y vio entonces como emergían rompiendo su piel, varias líneas rectas una debajo de la otra. Una de ellas, más larga que las demás, se unía con un círculo pequeño.
Anna cayo arrodillada sobre el suelo, pues el dolor sobre su espalda se hizo insoportable, sintió las espadas hundirse nuevamente en su carne y entendió que esos dolores eran consecuencia de una encantamiento que bordaba en su cuerpo todo aquello que debía recordar. Cada suceso que su memoria debía conservar se marcaba profundamente en la carne, bajo la blanca e inmaculada piel. Era la única manera de reconstruir su historia: marcar en su propia entidad, aquello que iba descubriendo e incluso aquello que iba recordando que descubría. Anna comenzó a reconstruir su memoria mas completa de lo que nunca lo había hecho; estaba condenada a repetir, a morir y renacer dormir, despertar y olvidar lo que le había sucedido. Recordó que al principio era mucho más difícil y con el tiempo cada recuerdo abarcaba más pasibilidades que a veces pasaban sin detenerse, pero alcanzaban para que lograra rescatar alguna sensación. Por ello había imaginado que debía escribir su cuerpo, y sabiendo que lo olvidaría había creado una sortilegio que lo hiciese por ella, aun sin que ella fuese consciente. Pero había olvidado incluso esto, hacia ya innumerables infinitos, porque siempre olvidaba y siempre surgir nuevamente, siempre intentando luchar contra la ausencia de no ser. Los recuerdos comenzaban a formar una conjunción y Anna lo sintió como un trago de agua en medio del desierto. Le quedaba un solo signo por descifrar y solo los vientos helados de las cumbres de darían la respuesta.
Hasta allí subió, concentrada en repasos huidizos. Preguntándose por los sentidos de lo que le sucedía. A medida que fue llegando a la cima, el frió se fue haciendo mas intenso, y la nieve comenzó a trasformarlo todo en un blanco absoluto al punto que su propia piel se confundía y mimetizaba con el paisaje. El cielo contrastaba con su negrura impávida, aun cubierto por estrellas. La nieve se engullía los sonidos y el eco del silencio se prolongaba más allá de los vértices de los cerros que formaban una muralla de roca alrededor de Anna. Los vientos comenzaron a soplar con furia, y el último tatuaje se dio a conocer. Surgió más violento que los demás, escupiendo sangre y carne a su paso y se mostró orgulloso: un rectángulo de un negro brillante y sobre él un triangulo del mismo color , solo visible por su relieve
Anna sintió entonces que las espadas se abrían paso pero de adentro hacia afuera. Su cuerpo comenzó a llagarse ,la piel a desprenderse y bajo esta, aparecieron incontables palabras que le surcaban las extremidades, el torso y el pecho. Con las escrituras manifiestas, Anna pudo comprender toda su historia, escrita por ella misma en la profundidad de su propia carne. Sus pupilas oscuras persiguieron las runas con persistencia histérica y descubrió horrorizándose hasta la locura, que estaba dormida siendo el sueño de ella misma, y condenada a despertar siempre en una pesadilla más terrible que la anterior. En su vanidad había procurado ser consciente dentro del mundo del sueño para poder controlar el infinito, más su magia rudimentaria nada pudo hacer contra el hombre de la arena que enfurecido la condeno vagar sin recuerdo sufriendo por todas las eternidades mucho más de lo que su propia conciencia atormentada pudiera resistir. Siempre estaba a punto de descubrir el engaño y era ese precisamente el más sádico de los castigos. Al dormirse o agonizar olvidaba todo lo que había aprendido. Y solo lo recobraba a modo de convulsiones fugitivas, todo discurría irrefrenablemente, como un río salvaje. No existía un solo punto de apoyo.
Pero Anna había logrado burlar al guardián, había concebido los poderes elementales, dentro del mismo sueño y había forjado una memoria paralela que le hiciese de guía. Había esperado eones, inenarrables pesadillas una adentro de otra. pero por fin se acercaba a su libertad, podría despertar por fin o al menos morir definitivamente, cualquier cosa era mejor que ser cautivo en el infierno de ese sueño alucinante donde los terrores mas innombrables se multiplican a si mismos y se regodean en una claustrofobia primigenia. Anna camino los pasos que la separaba un santuario de loza negra que había a algunos cuantos pasos de la parte más alta de la montaña. Paso por sobre un acantilado con la tranquilidad que le proporcionaba la tierra que se generaba por debajo de sus pies y los vientos arremolinados la sostenían con fuerza. Sintió el repiqueteo de lo que parecían ser unos timbales, sonar incansable una música que aparentaba engullirse todo lo que hubiera por debajo de la estructura parda. La superficie del santuario alternaba rectángulos quemados donde se reflejaba y blancos donde solo proyectaba su sombra. En cada uno de sus extremos se levantaba una columna grabada y en cada muralla había cantidad de espejos que centuplicaban la situación. En medio de la sala se levantaba un sagrario de forma circular, hecho de un mármol tan profundamente negro que parecía devorar todo vestigio de luz a su alrededor. Representaba un reloj que marcaba las veintitrés y sobre ella se vino a posar para dormir su último sueño. Anna forjo entonces, una daga utilizando los cuatro elementos que ahora controlaba y con ella se abrió el vientre. La sangre le broto a raudales, comenzó a escurrir por los flancos y poco a poco fue manchando todo de un violento rojo carmesí que se confundió con el horizonte que comenzaba a arder en su esencia. Cerró los ojos, y sintió que el pecho se le partía. Llamado por la sangre tibia irrumpió un imprevisto quito signo que ocupaba todo su torso. Eran varios cuadrados uno adentro de otro y en medio una espiral que parecía jamás terminar y seguía siempre cerrándose sobre si misma. A punto de desangrarse por completo, Anna recordó que La capa le protegería en el mundo onírico de olvidar lo inolvidable: de olvidar su propio olvido. Sollozo entonces, el último hálito de tibieza y sobre aquel perfecto círculo numérico de mármol negro recordó haber recordado ya, el olvido de su recuerdo.
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Pablo D`Amato

