El anciano despertó como siempre al despuntar el alba. El viejo gallo de su propiedad hacía años ya que no cacareaba, y eran los primero rayos solares, colándose entre la negrura, los que lo desvelaban cada mañana.
A un desayuno escaso, tan solo compuesto por mate y tortas fritas frías de la noche anterior, seguían los primeros trabajos mañaneros.
El frío calaba los huesos profundamente, pero el anciano, más allá de su edad, era un hombre fornido, acostumbrado al trabajo duro y al clima impiadoso de la Patagonia.
Afuera, el olor a humedad se mezclaba con el vapor del aliento al respirar, y los perros correteaban alrededor del anciano, incomodando su trabajo. Sin embargo, el anciano era un hombre impasible, su rostro curtido y apagado escondía entre la piel reseca y las arrugas vacías dos profundas pupilas de un azul intenso que se mantenían inconmovibles, y chispeaban lacrimosa e incansablemente más allá del tiempo, mas allá del frío, mas allá de la soledad.
Hacía ya 5 años que el anciano había perdido a su esposa, y se había quedado completamente solo. El destino quiso que no tuviera descendencia que lo ayudase en sus faenas y le acompañase en su vejez; y ahora, cuando la muerte se paseaba sin más por la tranquera de su rancho, la ausencia resultaba su única y más miserable compañía.
El cuerpo se volvía endeble con los años, y la enfermedad que embestía su memoria se extendía con rapidez. Pero de pequeño, había aprendido a trabajar con firmeza y sin quejarse.
El anciano descendía de una lugareña mapuche y un inmigrante alemán, que al enfermar los dos por la viruela, lo entregaron a los doce años al cuidado de su abuelo; un viejo mapuche que falleció al tiempo de recibirlo, poco después que sus padres.
A su esposa la conoció a la edad de veintiún años, durante un franco en el servicio militar. Cuando sus obligaciones militares acabaron, seis meses después, se casaron y vivieron juntos y sin mayores sobresaltos, en la estancia que el abuelo les heredó antes de morir.
Ahora, ya sin su compañera, el anciano tan sólo existía por inercia, por consecuencia indiferente de existencia previa.
Las noches le resultaban heladas sin la compañía del cuerpo de su amada, sin la compañía de su mirada complaciente. Las mañanas se habían tornado vacías sin su ternura, el mate sabía mucho mas amargo que lo normal, y el rancho acusaba su exilio, tanto como el corazón sangrante.
Pero el anciano era un hombre fuerte, y más allá de la angustia y el desconsuelo, se seguía levantando cada mañana, seguía recogiendo la leña para caldear la casilla, seguía trabajando la tierra, y seguía cuidando a los bichos, todo como sin terminar de comprenderlo, todo con aquellas pupilas infinitas clavadas en la nada, recorriendo con persistencia punzante la eternidad de la estepa.
En una hondonada, que se cortaba más allá de la arboleda hacia el norte de la casa, yacía, apenas unos metros por debajo de la superficie, el cuerpo muerto de su amada. Una tumba precaria, erigida por él mismo con piedras y maderas, hacía las veces de altar para sus lágrimas, y para el recuerdo crudo y desgarrado de la inexistencia.
Todas las tardes invariablemente, cuando el sol comenzaba su lento escape y el cielo se teñía carmesí, centelleando lenguas de fuego sobre las laderas de los cerros nevados, el anciano emprendía su lento ascenso hasta la cima del monte de detrás de casa, para una vez arriba, volver a descender hasta el bolsón donde descansaba su amada.
Los árboles denunciaban la llegada inminente del otoño, las hojas se amontonaban amarillentas y resecas y cubrían el suelo, trazando un colchón pajizo que disimulaba la superficie rocosa de la quebrada.
A medida que avanzaba su ceguera, más le costaba al anciano dar con la tumba de su esposa; distinguirla entre el mantón ambarino que todo lo envolvía.
Esa tarde el frío era especialmente penetrante, y el viento bufaba como cuchillas que cortan el aire helado con su roce.
Sumido en pensamientos superfluos, el anciano ascendió la colina sin reparar que la noche comenzaba ya a cerrarse por sobre él. Los perros lo acompañaron hasta la mitad del trayecto, que era hasta donde el anciano les permitía hacerlo antes de molerlos a bastonazos.
Descendió hacia la hondonada, esquivando troncos caídos y cuidándose de no caer en las trampas que la tierra húmeda y las hojas que la cubrían podían tenderle.
Cuando el anciano llegó al claro en donde había construido el recordatorio a su amada, se percató de que el albor de la tarde, no era ya más que una efímera reminiscencia y que difícilmente hallaría, entre el suelo enfundado y la cerrazón inescrutable, las piedras que marcaban el sitio donde su esposa yacía.
Desesperado, el anciano tanteó la noche en busca de algún indicio que le indicase el camino de retorno, y tan solo encontró la ausencia como respuesta a sus intentos. Por primera vez en años, el anciano sintió miedo. Su cuerpo marchito se había tornado inmune a las impresiones sensitivas, y era tal vez eso, lo único que lo había mantenido con vida durante tanto tiempo.
Por primera vez en muchos años, los impulsos helados recorrieron su carne vieja, por primera vez en muchos años, sus ojos azules se escaparon de su propia introspectiva y escrutaron los alrededores.
El chillido del viento otoñal se colaba por entre los árboles y las rocas, y parecía querer duplicar el sollozo que el viejo profesaba, tendido de rodillas en el suelo.
Viejos temores resucitaron entonces en aquel cuerpo ajado, el cielo se abría perpetuo sobre la cabeza del anciano, y una pupila ciclópea lo esclavizaba a su contemplación.
Imaginó entonces el anciano, cosas terribles, que le hicieron flaquear y lo obligaron a correr sin rumbo, ignorando el dolor de sus piernas, olvidando el viejo cayado que le hacia de apoyo.
El frío húmedo se colaba entre sus ropas y violaba incesablemente su cuerpo astroso, pero el anciano no se detenía, tan solo corría, ausente de sí, completamente enloquecido, como percibiendo en la espesura un acecho persistente que se movía redundante de él.
El corazón latía con prisa temible, y la respiración se superponía a ella misma. En la boca, la saliva se tornaba pastosa. En la cabeza, sobre la nariz y entre los ojos, una puntada profunda repercutía como un doloroso eco en las sienes, en la quijada, y en la nuca. Por fin, los ojos acusaron la pérdida de referencia, y vencido por el vértigo el anciano se desmayó. Su cuerpo quedó tendido en la negrura, abandonado entre la frondosidad accidentada.
La noche se sucedió con presteza; en el suelo, el cuerpo del anciano yacía inerte. A su alrededor el entorno comenzaba a aclarar, y con el alba sobrevino también la primera nevada del año.
Todo empezó a velarse tras el manto albino, primero las copas resecas de los árboles y luego el suelo rocoso, cubierto por hojas.
El anciano despertó de sus pesadillas y se sintió muerto, de hecho creyó que lo estaba. La fiebre le producía alucinaciones, y los dolores, tanto como el frío y el hambre, se tornaban insoportables. Todo el cuerpo le temblaba, y apenas podía moverlo.
Se reincorporó, ayudándose de un montículo pétreo que se alzaba a su lado. Una vez que estuvo de pie, el anciano avizoró aterrorizado los alrededores. No sabía dónde estaba.
Poco a poco, recordó lo sucedido la noche anterior, pero lo hizo sin poder distinguir la realidad de las pesadillas que lo devoraron luego.
Todo comenzó como una manera de explicarse los sucesos, derivados en alucinaciones por el miedo. Poco a poco las excusas didácticas se fueron transformando en verdades dogmáticas e irrefutables. La mente del anciano no funcionaba del todo bien, y tampoco su vista. Se convenció a sí mismo de que monstruosos individuos lo habían visitado por la noche, y confundió a la luna y a las sombras de la noche; confundió todo aquello que pasó frente a él con estos seres que poblaron sus quijotescas pesadillas.
Reparó entonces el anciano en la forma inhumana del montículo que le había ayudado a alzarse. Lo primero que le llamó la atención fue su color blanquecino, que de tan albino, sobre él la nieve parecía oscura. También reparó en los caracteres que surcaban las paredes del “monolito???. Creyó leer en ellos palabras divinas, y estableció que el monolito era, seguramente, la representación terrenal de Dios. Que su influencia divina era lo que le había permitido sobrevivir aquella noche de espanto. Entonces el anciano olvido el frío y el hambre, olvidó los dolores, y se entregó de lleno a la adoración del monolito. Se preguntó porqué no había advertido antes su presencia, teniendo en cuenta la cercanía con su morada, y encontró la respuesta, en las providencias sangradas, que no le era lícito cuestionar.
Comenzó, a partir de aquel día, un derroque vertiginoso en lo que atañó a la vida del anciano. Éste abandonó las tareas del hogar, desatendió la huerta, los bichos, e inclusive, la memoria de su esposa muerta. A partir de aquel día, cada mañana y cada tarde, sin importar el clima, el anciano visitó el monolito; le oró y le dedicó plegarias. A partir de ese día, el anciano no tomó una sola decisión sin antes interpretar los escritos santos sobre las paredes del monumento de roca. Y no se explicó un solo acontecimiento, sin conferir la responsabilidad de éste a la voluntad irrebatible de su Dios. Imaginó incluso, maneras de corresponderle respeto, y luego de imaginarlas las creyó perennes y anteriores a él… el monolito, así lo testificaba.
Con cada día que transcurría, crecía el miedo y el respeto que el anciano le profesaba a su Dios, erigió en su nombre nuevos monumentos. Para ello destruyó el establo, y también los corrales; una vez que lo hubo hecho, construyó con los sobrantes pequeños santuarios que distribuyó alrededor de la propiedad. Comenzó también en alguna oportunidad, a imaginar la historia del mundo, según su Dios “se la contaba en sueños???, y luego la transcribió.
Pasó el tiempo y el anciano cada día se perdió más a sí mismo. El terror que secretamente le provocaba su dios le obligaba a rendirte tributo permanentemente, y por ello, abandonó las costumbres que le eran propias, y las reemplazó por nuevas que no incomodasen al magnánimo. Comenzó entonces el anciano a despreciar todo aquello que lo rodeaba, sentía que todo era de alguna manera una burla o una insolencia a su admirada deidad, y poco a poco una exaltación enfermiza se fue apoderando de su existencia, devorando su mente, y sometiendo sus actos.
El anciano empezó en aquel tiempo a sacrificar aquellas criaturas de su pertenencia a la voluntad de su señor. El primero en fenecer, cortado por una fría cuchilla sobre un tosco altar de roca, fue el gallo. Le siguieron las gallinas, los perros, el caballo, y por último la vaca.
Así, ya sin animales que le ayudasen en el trabajo, o que le proveyesen de alimento, el anciano comenzó a enfermar más deprisa, y las visitas al santuario se volvieron por ende más dificultosas y atormentadas. Entonces se culpó el anciano a sí mismo y a su falta de esmero en la devoción a su Dios, y concluyó que en castigo a su vida errática, sacrificaría su propio cuerpo a la memoria de su Creador.
Se despidió correspondientemente de su pago, y emprendió la última visita al monolito de piedra. Una vez allí, con el mismo cuchillo con que había matado a sus animales, rasgó su vientre exiguo. La sangre manó, incontenible, y tiñó la hierba bajo él, de un brillo escarlata. Mientras se sentía sucumbir, el anciano entonó cánticos místicos, y abrazó, entre lágrimas, el monolito albino delante de él. Las sombras lo cubrieron, aplastando su cuerpo moribundo. Lentamente el anciano se derrumbó, ya no pudiendo soportar su propio peso. Y en su último soplo de existencia, recordó su vida, que pasó en un instante por delante sus ojos. Entre sus recuerdos, que por primera vez en años acudían con firmeza, se distinguió a sí mismo, a la tierna edad de 15 años, construyendo con sus propias manos el monolito al que ahora se aferraba con demencia, y grabando sobre él los caracteres absurdos que luego creyó interpretar… entonces el anciano, enfureció y en su ultimo suspiro, escupió el monolito, como si este tuviese alguna culpa. “Quizás, en algún futuro, un caminante desprevenido se tope con el sepulcro de mi amada, y funde por él una nueva religión??? pensó con sarcasmo, y murió luego abrazado a un bloque de piedra común, flojamente erigido, y aun más, perezosamente tallado.
A lo lejos, un pájaro profirió un chillido, y la nieve comenzó a desplomarse, cubriendo por siempre las ruinas de otro hombre, exterminado por la sombra de su propio engendro
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