La vida de Maitén solía ser absolutamente repetitiva. El largo invierno había comenzado hacía apenas unas semanas, la noche se alzaba temprano y el frío que se colaba por las paredes chocaba contra el calor de los troncos que ardían en el hogar de ladrillos y se promediaban.
A eso de las siete de la mañana la mamá la despertaba para ir al colegio. Cursaba el cuarto año del secundario en un edificio que quedaba a poco menos de dos kilómetros de su casa. Por esas épocas del año si no se tenía una buena camioneta había que ir a pie, porque las persistentes nevadas y las heladas posteriores hacían de la ruta un camino demasiado peligroso para un auto común y corriente y las maquinas de la municipalidad no ayudaban demasiado a despejar la nieve.
Las clases comenzaban a las nueve y terminaban poco después del mediodía; para cuando Maitén volvía, sus padres estaban aún en sus respectivos trabajos y como no tenía más amigos que los libros que su abuelo le había ido regalando a lo largo de su vida, era con ellos con quienes solía pasar la tarde.
A través de los libros Maitén se embriagaba de historias y lugares, personajes y fantasías. Recostada sobre su cama se dejaba arrastrar por aquellas palabras que le permitían aventurarse mas allá del Río Negro que era para ella el límite de lo conocido.
Sin embargo y a pesar de que su biblioteca era su mas preciado tesoro, no podía dejar de sentir Maitén un sabor artificial, convencida de que aquellas palabras que se hilvanaban una atrás de otra, generando uno o varios sentidos, dando vida al lenguaje que así mismo daba vida a la vida misma, no lograban mas que enjaular entre hojas cosas que de tan infinitas y ramificadas apenas si podían figurarse. Lo mismo le sucedía en la escuela durante las clases de matemáticas: siempre le maravillaba ver como los números se hilaban hasta lo metafísico y lograban dar forma a los cimientos mismos de la realidad de la que formamos parte. Se quedaba pasmada al percibir aquella relación que se repetía a si misma y moldeaba todo lo demás y sin embargo sentía que no era suficiente, que era una maravillosa representación, pero que de tan ajena apenas si valía tenerla en cuenta. Nada podían decirle los números ni las palabras de aquello que sus sentidos en conjunción llegaban a esbozarle. Era como construir una montaña de tierra con el convencimiento de que se estaba cavando en busca de las raíces. Todo eso, Maitén lo sabía muy bien.
Recostada sobre su pupitre y pegada contra la ventana ensombrecida, veía como el cielo de tan bajito que estaba parecía amarrarse a la tierra. Cuando nieva, todo se vuelve uno e incluso los sonidos se apagan logrando que el entorno perceptible se trasforme en una gran burbuja. Los copos cayendo por miles y acumulándose unos sobre otros trasforman el panorama en un viaje estanco, y por minutos, horas e incluso días da la sensación de estar preso dentro de un sueño albino.
El profesor, varios metros delante de ella, no paraba de hablar, movía las manos agitándolas por el aire y regurgitaba palabras unas sobre las otras. Pero para Maitén el silencio era absoluto e inmutable. Plegada dentro de su propia conciencia, que había logrado clausurar momentáneamente al resto de los sentidos, intentaba hilvanar aquellas medias ideas que se venían dando vueltas desde hace tiempo y trasformarlas en una: la palabra es demasiado pobre como para traducir aquello que nos rodea. Si uno remite al viento helado que sopla en las mañanas, que lo envuelve todo y lo trasforma en parte de si mismo, sin dudas no está ya hablando del mismo viento que siente todas las mañanas, porque aquellas ráfagas que zanjan el aire como filos sonámbulos, que rajan la piel y riegan las pupilas reduciendo el cuerpo a un hálito tembloroso son solo una parte de algo que se siente por entero y que es a su vez parte de un todo. El hecho de enunciarlo significa partirlo, separarlo y entonces pierde su sentido.
“La estepa patagónica no se puede separar, sin perder en ello su esencia??? se retaba Maitén a si misma mientras recordaba sus intentos fallidos de lograrlo. La palabra es finita -se decía- la palabra es cronológica, La palabra sirve para nombrar tal vez, a los universales aristotélicos que no existen más allá de su simbólica enunciación, pero apenas se las arreglan para aprehender a un hombre, a su ser, a su estar a su acontecer y a su propiedad.
Maitén, solía pasar varias horas del día, y a veces de la noche clavada contra la ventana mientras afuera la nieve hacía lo suyo, perdida en sus propias ideas e intentando desenredarlas, rastreándolas hasta los orígenes descarnados.
Alguna manera debe haber – se repetía una y otra vez – de capturar aquella infinidad sin caer presa de sus ramificaciones. Y el día que alguien lo logre – pensaba- de seguro algo terrible o maravilloso sucedería. Lo único que se le figuraba con seguridad irrevocable es que nada volvería a ser lo mismo. -El día que alguien lo lograse; al seguir el lector las líneas tintas con sus pupilas sentiría, sin poder diferenciarlo de la realidad, al viento helado soplar sobre su rostro y como el viento solo no puede ser, sentiría también las cumbres nevadas, la estepa reseca, el vacilar murmurante de los Cohiues y el impetuoso correr del río Limay- Ni las palabras, ni los signos, ni siquiera los conceptos me alcanzan por supuesto para describir aquello que Maitén imaginaba que sucedería si acaso alguien lograra representar lo que ante ella se manifestaba tan vivamente mientras aquellos pensamientos la tenían.
Ni siquiera el chillido histérico del timbre anunciando el fin de las clases logró extirparla de su orbe. Se incorporó, recogió sus cosas empujadas por la inercia que controlaba su cuerpo y recorrió la salida del colegio sin ser verdaderamente conciente de lo que sucedía de sus ojos para afuera.
Una media sonrisa en el centro de su rostro reseñaba la convicción de haber descubierto la pieza del rompecabezas que da sentido a todas lo demás. Algunas veces había escuchado de su profesor una definición que de tan esclarecedora y concisa lograba llenar un vacío de sentido a algo que sin embargo, ya se venía amagando en su cabeza. Pero esta vez le resultaba incluso más extraordinario pues a ella misma se le había ocurrido la solución. Una solución que podían sentirse físicamente, – porque es distinto entender la explicación de algo- se decía constantemente -que poder sentirla como un hecho en cada segmento de la propia carne-
Caminó la vuelta a casa inmersa en simbólicos fugaces, enfrascada en su propia naturaleza de impresiones. Le tiritaban las piernas y el pecho le palpitaba más a prisa que nunca antes.
A su alrededor todo se le figuraba ajeno a pesar de haber visto cada porción de aquel panorama todos los días de su vida.
A un par de cientos de metros de ella, el lago, enorme y obstinado. Detrás de él, los picos nevados; y confundiéndose con éstos, incalculables nubes grises. Mas cercanas a ella, las viejas casas de madera conviviendo con modernos edificios, y muchedumbre tras muchedumbre enredándosele en el paso, el viento frío y constante trayendo consigo el aroma cautivante de alguna comida en preparación y zamarreando sin piedad árboles y carteles.
El sonido de autos y personas unificándose hasta ser un lenguaje indistinguible. Todo le resultaba repetitivo pero nuevo.
Recorrió las veredas con la vista clavada al piso asombrándose con las formas que se creaban en las piedras lajas y refugiándose lo más posible dentro de su abrigo.
Su mente como si se tratase de una entidad por momentos separada de la propia conciencia de si, reconstruía sin pedirle permiso el camino más corto hasta la librería del pueblo, al mismo tiempo que establecía que era una buena idea visitarla en busca de la solución a sus problemas.
Unos renglones mas tarde, cuando estuvo frente a la puerta de entrada, la empujó con las dos manos y sintió al aire caliente que la abrazaba, tironeándola desde adentro.
El ruido de las campanillas pareció darle la bienvenida. – Suenan mas contentas cuando entrás vos- la saludó Gerardo, el dueño, contento de tenerla entre sus clientes.
Maitén se sonrojó y replegada sobre su “mismidad???, saludó haciendo un leve ademán con la mano.
La librería era pequeña y acogedora, se levantaba unos dos metros y medio por sobre el piso y se sostenía sobre grande vigas de madera de ciprés. El interior estaba repleto de estanterías y muebles construidos con troncos, todos ellos atiborrados por libros de todos los tipos, tamaños, formas y colores.
Gerardo solía acompañar a sus clientes en la apasionada exploración de los anaqueles ofreciendo charlas amenas y algún que otro mate caliente; era un hombre amable y apasionado y su almacén de libros podía reflejarlo en cada centímetro de si mismo.
Maiten se acercó a la mesa de ofertas y empezó a revolverla nerviosa.
¿Puedo ayudarte en algo? – se aventuró Gerardo, asomándose por encima del mostrador con la pipa humeante colgando del labio inferior, y el grueso bigote tapándole la mitad del superior.
- Es que no estoy buscando ningún libro en particular – respondió Maitén – cualquier libro que describa lugares podría servirme- agregó presurosa-
El librero la miró pensativo y la apuró, a sabiendas que lo que Maitén se traía entre ideas no era para nada ordinario – ¿Lo necesitás para el colegio?-
Maitén no respondió inmediatamente. Miró a Gerardo a los ojos mientras masticaba la respuesta y después de unos segundos de silencioso vacilar reconoció que buscaba un libro capaz de trasportarla incluso mas allá de la misma realidad palpable.
- Hay buenos libros de filosofía capaces de hacerlo- le sugirió Gerardo pero a Maitén la sugerencia no parecía convencerla – Necesito una historia que me demuestre que yo misma existo-
Gerardo frunció el espeso entrecejo y acarició su enmarañado bigote.- San Agustín, Descartes, Nagarjunda por solo nombrar a los más conocidos, podrían darte una mano con eso-
Maitén comenzaba a desesperar, movía velozmente la cabeza de un lado hacia el otro. –No- señaló rotundamente -Lo que yo necesito tiene que ayudarme a entender que existo mas allá de ser una idea-
- ¿Que es lo que andará dando vueltas por su cabecita?- se preguntó Gerardo para sus adentros, acostumbrado a oír de Maitén extrañas confusiones – quizás se refiera al mundo eidético – se sugirió, sin encontrar una descodificación certera para lo que acababa de oír.
Entonces Maitén se le volvió a adelantar. – Estuve pensando, y estoy casi convencida de que somos personajes de un cuento.
El rostro de Gerardo se contrajo sobre si. – ¿Como?- alcanzó a preguntar antes de que Maitén que lo miraba con la cabeza alzada siguiera explicándole emocionada.
- Hace mucho que estoy pensando sobre eso y hoy en el colegio se me ocurrió que si somos personajes y en este momento nos están escribiendo o por ahí leyendo, entonces tiene que haber una manera de comunicarse con nuestro escritor-
- Pará, pará, pará- la interrumpió Gerardo desconcertado -¿que te hace pensar que somos personajes?-
- Primero empecé a darme cuenta de que las cosas a nuestro alrededor tienen sentido porque nosotros le damos ese sentido-
-Sí…-
- Y si nosotros le damos ese sentido entonces no podemos siquiera imaginar como es que son “den serio???. O sea, todo lo que son para nosotros tiene que ver con el sentido que nosotros le damos-
- ¡Pero Maitén! las cosas existen independientemente de que las pensemos e incluso las pensamos como las pensamos influenciados por siglos de tradiciones y culturas-
-si, pero lo que yo quiero decir es otra cosa…-
-a ver…-
- Que incluso si las cosas existen antes de nosotros, no sabemos ni siquiera de lo que estamos hablando, porque la manera en que las vemos e interpretamos es hundidos en ese mundo de significados -
- ¿Y como deriva eso en que alguien nos esté escribiendo?-
- Que todo es como un lenguaje que nos empapa, como si hubiera un lenguaje del cual no podemos salir y del cual somos parte y desde el cual vemos y entendemos todo lo que vemos y entendemos-
-Sigo sin ver la relación-
-Que las cosas existen en el sentido que son desde el momento en que podemos pensarlas y conocerlas, si no es lo mismo que si no existieran. Todo lo que puede tener sentido, incluso esto mismo que te digo, es porque está y estamos dentro del lenguaje, todo pareciera indicar que en última instancia el ser mismo es lenguaje. Pero lo que yo digo es que alguien tiene que haber creado ese lenguaje mediante el cual todo se relaciona.
- El lenguaje lo creamos nosotros mismos… ¿vos estás buscando a Dios?-
- No se trata de Dios, se trata de que somos personajes como los de cualquiera de estos libros que nos rodean. ¡No es ninguna metáfora barata! Estamos escritos, somos tinta sobre papel.
- ¿Y vos pensás que ese supuesto escritor es el inventor del lenguaje?-
- No, creo que también él es prisionero.
- ¿Y cómo es que pensás descubrirlo?
- No estoy segura pero creo que hay que escribir el libro perfecto.
-¿Como sería eso?
- Hay que escribir un libro que cuente la historia de él cuando escribió esto, y de esa manera se convertiría en nuestro personaje.
- Entonces es fácil, sobretodo para vos que escribís tan bien-
- Es que tiene que ser un libro inverso-
-¿Un libro inverso?, nunca antes había escuchado ese término
– Lo inventé yo. Es un libro que hace el camino al revés…
- Interesante…. ¿Y como sería eso?-
- Tiene que ir de las palabras a la realidad y no de la realidad a las palabras, o sea si existe un escritor, el no nos ve como nos vemos nosotros sino que nos ve como caracteres sobre su hoja, como letras, palabras, oraciones y demás, quizás ni siquiera sabe que somos más que simples personajes-
- Lo primero me suena posible, me gusta la idea del libro inverso, y concuerdo con que hay que trasformar las palabras en su significado. Pero lo segundo tiene un error: si estamos siendo escritos entonces, Maitén querida, nuestro escritor no solo sabe perfectamente todo lo que pasa por acá sino que aparte nos debe estar dictando cada palabra que decimos.
- Entonces debe saber que quiero hacer un libro inverso…
-Si existe, debe saberlo…
-Pero puede ser que el no pueda controlar lo que escribe.
-en ese caso debe darle bastante miedo lo que está pasando.
-¿si… y que pasa con el que lo lee?, ¿ahora nos estarán escribiendo o leyendo?
- Es exactamente lo mismo-
-¿Lo mismo?
- Sí…si lo pensás, si estamos sujetos a una voluntad externa, el que nos lee nos da tanto sentido como el que nos escribió. Según tu teoría del lenguaje.
-Sería como estar existiendo infinitas veces al mismo tiempo en el mismo lugar. Y en todos los demás.
- Aparte no solo tendríamos una existencia circular, sino que cada vez que la órbita termina, no guardaríamos recuerdo de ella.
- En ese caso no existiríamos realmente en el papel sino, en la cabeza de nuestro escritor
-Y en la de nuestro lector.
-Entonces la manera de tomar las riendas de nuestro destino, no sería escribiendo un libro sobre las aventuras de nuestro escritor y convertirlo en nuestro personaje sino, tratar de influenciarlo para que escriba lo que nosotros necesitamos.
- No te olvides, que en todo caso el sabe que lo que estamos planeando…
- Entonces lo que hay que hacer es lograr que él se olvide de que nos escribió…
- Si pudiéramos hacer eso, todavía cabe la posibilidad de que alguien nos lea, eso suponiendo que el hecho de que el escritor nos olvide no signifique que desaparezcamos…
- Bueno, pero suponiendo que logremos hacer que se olvide de nosotros y no desaparezcamos, tendríamos que convencer al lector de que nos ayude y que no vaya corriendo a avisarle.
- Pará pará…, para mí tenemos que juntar las dos ideas. Por un lado lograr que el escritor se olvide de nosotros y por el otro confeccionar un libro inverso para capturar al lector…
- Podemos escribir un libro sobre un escritor que nos escribe y muchos lectores que nos leen.
- ¿Qué ganaríamos con eso? Lo que tenemos que hacer es convencer al escritor de que él nos sigue escribiendo por propia voluntad.
- O mejor esperar que el escritor nos termine de escribir y después simplemente dedicarnos a convencer a los lectores de que en este mismo instante no están leyendo más que pura ficción.
- Libro inverso mediante…
- Sí obvio.
Maitén no llegó a soñar. Despertó enajenada pocos minutos después de haberse dormido. Estaba acurrucada dentro de su cama y cubierta por dos grandes frazadas rojas que la protegían del frío. Miró por sobre su cabeza y encontró una ventana, detrás de ella el cielo completamente diáfano. El silencio fue absoluto y ni siquiera el mutismo mismo se atrevió a interrumpirse.
Aún un poco aturdida, estiró la mano y prendió el velador. Se refregó los ojos con fuerza e intento clarificar en palabras la sensación que le recorría el cuerpo. Imaginó distintos sentidos que se extinguían antes de ser tales, y para cuando comenzó a aferrar una evidencia concreta, está se fue borrando por detrás mucho más rápido hasta desembocar en la ausencia.
Entonces Maitén miró a su alrededor y supo que estaba en su cuarto, reconoció los afiches clavados a la pared y el techo a dos aguas construido con troncos. Cada noche se quedaba imaginando formas en las estrías de la madera hasta que el sueño la reclamaba.
Miró un poco más allá y vio la puerta entreabierta. Todo trascurría normalmente. Mientras se hundía en un profundo bostezo, Maitén se sentó sobre la cama y apoyó las manos lentamente bajó su cara para quedarse mirando un agujero en el aire.
Pasados unos minutos, un segundo bostezo mas intenso y profundo la devolvió al entorno, entonces con la mirada extraviada y el entrecejo fruncido, escudriñó cada rincón del cuarto hasta que sus ojos se toparon con la mesa de luz y sobre ella un cuaderno color rojo. Lo tomó entre las manos mientras pensaba que no recordaba haberlo dejado allí.
Lo abrió al azar por el medio y se encontró con una hoja completamente albina, ausente de todo. Extrañada, a esa altura decididamente asustada volvió a recorrer el libro para hallar tan solo la estructura blanca vacante de sentido.
Estremecida, aun confundida por el sueño… retrocedió hasta el comienzo y un poco mas aliviada se topó con la primera hoja del cuento escrito la noche anterior, lo había titulado simplemente “un cuento???. Sintiéndose un poco torpe por el terror que circunstancialmente se había apoderado de ella, comenzó a releerlo sosteniendo el texto con una mano mientras con la otra se rascaba la cabeza. Leyó las primeras líneas y aquellas notas que la noche anterior le habían parecido una revelación digna de trasformarse en cuento, le pareció confuso y hasta aburrido.
La idea, en su mente seguía cambiando de forma sin asentarse “si existe un afuera y un adentro, y el afuera solo podemos pensarlo desde adentro y el adentro depende en buena medida del afuera… ¿cuanto se pierde o cuanto se gana en las sucesivas traducciones????
Maitén avanzó un par de renglones más, y convencida de que aquel cuento no lograba explicar aquello que le sucedía, dejó caer el cuaderno dentro de la papelera que había al lado de su cama.
Enredada y un tanto desilusionada, apagó la luz y volvió a cobijarse bajo las frazadas sin siquiera sospechar que a su pequeño cuento le seguían unas cuantas hojas que ella nunca había escrito.
Afuera el viento sopló fuerte como siempre y las montañas se erigieron ajenas y vigentes, propias y ausentes como una letra después de otra cubriendo la superficie de una hoja en blanco.
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Pablo D`Amato

