El Tigre, las tierras que  distribuyera Juan de Garay  son  un laberinto de arroyos e islas en el delta del Paraná que desembocan  en el majestuoso Río de la Plata.  Ese río color del león lo llamaría Borges “un río tan lento que la literatura ha podido llamarlo inmóvil” y cuyas agresivas  crecidas sin embargo devoraron mas  de una vez la villa.

El Tigre es en si mismo una entelequia  enmarañada donde se enreda la historia con la quimera que asoma impetuosa  desde el cielo diáfano e incognoscible, desde la espesura susurrante de su maleza, desde el fondo de sus aguas amarronadas habitadas por bogas, dorados, pejerreyes y quien sabe cuantos ignotos entresijos.

El tigre, paraje que recibe su nombre de fiera  indomable de los yaguaretés que poblaron lo largo de las islas y campos y emigraron hacia las selvas de Misiones cuando el hombre la reclamo para si sus extensiones.

El Tigre descendiente  salvaje del paraíso originario se explaya frondoso, con una sombra de historia proyectada sobre sus brazos cubiertos de embarcaciones que lo remontan impulsadas por la agreste  fuerza de la vela y el  remo.

Las tropas de Liniers hicieron noche allí cuando aun se le llamaba “El pago de las conchas” a la espera de las ordenes que les indicaran  avanzar sobre Buenos Aires para liberarla del invasor ingles.  Allí se quito la vida  Lugones, con un trago fatal de whisky y cianuro y allí vivió  Domingo F. Sarmiento  “…durazno y naranjos son, ya se sabe, la maleza de estas islas, y los sauces crecen como por encanto” decía alucinado  “vienen lo mismo las parras, los perales, los nísperos y los demás frutales. Crecen las habas como arbustos, el maíz es negro de puro lozano”.

El tigre. Es hoy una tierra poblada por los descendientes de los inmigrantes que en la década del veinte escaparon de la hambruna y la miseria europea y luego de trabajar duramente como quinteros y jornaleros pudieron acceder a sus propias parcelas en una época donde sacrificio era sinónimo de bienestar.

Si. El tigre es tierra bendita y reproductora. Si. El Tigre….

Pero la oscuras raíces que los Chaná-timbúes y los Guaraníes, habitantes originales, conocían, no figuran en los libros de historia. Secretos que ni Borges ni Sarmiento intuyeron. Quizás si Lugones alcanzo a  percibir  en los entretelones de su muerte cubren aun las profundidades fangosas. Mas allá de los frutales y el mimbre, la espesura  aúlla en las noches aún el gemido lúgubre de una memoria monstruosa que algunos han elegido ignorar y otros prefieren olvidar.

Cuando Lucía Siga, Anciana de rasgos nórdicos, y mirada intimidante. De movimientos precisos y palabra meditada encontró el primer cuerpo mutilado en el muelle de su modesta pero pintoresca casa al margen del  río sarmiento. No sintió miedo. Años de profesión docente le habían ablandado el corazón, pero endurecido el espíritu.

Lo observo primero con curiosidad  científica y luego con contemplación poética. Y dio aviso a prefectura.

No fue el primer caso. En el transcurso de los dos últimos años la corriente había dejado en las costas varios cadáveres, con signos evidentes de haber sido brutalmente ultimados. Los rumores corrían entre los habitantes de las  islas, y  el miedo comenzó a inflar el aire. Hasta el viento pareció intimidarse y ceso su soplido. Una sombra entre los árboles, dijeron haber visto algunos. Una extraña figura asomando entre los canales. Aseguraban los otros. Una sustancia de pegajosa consistencia allí en los alrededores, donde la hierba aplastaba indicaba el paso reciente. Perros feroces con las costillas quebradas y las entrañas esparcidas. Niños pequeños desparecidos de sus propias camas dejando detrás un cauce de sangre negra. Pescadores fornidos con el cuello agujereado a tajos como si unas filosas zarpas los hubieran dominado sin problema. Mujeres en sus propios jardines, agonizantes,  con la entrepierna sangrante destruida a dentelladas. Pescadores que había encontrado marcas misteriosas en sus barcos,  luego de sentir fuertes sacudones como si algo hubiera intentado sujetarlos para arrastrarlos hacia el fondo.

Sonidos ululantes entre las plantas, ciseantes,  burbujeantes secundados por un  hedor a cuerpo putrefacto. A pescado muerto, a aguas estancadas. Nadie parecía estar a salvo. Intuyeron entre los desvaríos que provoca el miedo las correrías de algún tigre viejo y sobreviviente, vengando a sus congéneres, serpientes, gigantescas y hambrientas, que habrían llegado  en los camalotes desde las selvas del norte con la sudestada. Alguno sugirió que era obra del mismo lucifer, cebado por la sangre que había teñido el  río desde las viejas épocas de los virreinatos y la independencia, se habló de fantasmas y espíritus antiguos, de maldiciones indígenas y no falto quien asegurara  que Dios mismo enfurecido por la hereje  comparación  del Tigre con la tierra prometida los castigaba con semejante monstruosidades. Nadie, se atrevió jamás a dar caza al sanguinario  asesino. Un día las muertes simplemente dejaron de sucederse. Y los pobladores, poco a poco fueron recuperando la tranquilidad. Y olvidaron a los muertos o prefirieron dejar de hablar de ellos. Como si allí nunca  hubiera pasado nada. Menos averigua dios y perdona. Decían las viejas si algún entrometido preguntaba más de la cuenta.

Pero Lucía Siga, no se conformó con avisar a las autoridades portuarias que se limitaron a detener un par de sospechosos y hacer alguna que otra redada. .

Era mujer viuda,  de sueño y fuerza forjados base de vida, había parido cuatro fuertes crios que vivian entonces lejos de allí y se ocupaba sola  y sin problema de mantener la huerta la casa y los jardines.

Con la misma resolución  una noche de cielo negrísimo sin luna  en que las nebulosas y las estrellas parecían acrecentarse en cada intermitencia, se aventuro entre los altos pastizales, siguiendo un silbido amortiguado y rugoso,  que despedía el olor terrible de la carne descompuesta. Lo oyó sumergirse, y por los canales siguió su estela sobre la superficie del agua silenciosa, hermosa bajo la luz de las casas,  en dirección al puerto, montada en una pequeña embarcación de madera. El batir de los remos la condujo hasta un viejo y enorme  barco abandonado, probablemente incendiado en otras épocas, cuyo esqueleto aun flotaba  con la mitad del cuerpo encallado en el barro y cubierto por la maleza de la tierra virgen en una estampa fantasmal y aterradora.

Lucía vio como a lo lejos, del agua emergía una criatura humanoide, de menudo tamaño, y la apariencia incierta de ser un ser traslúcido, y blancuzco como las aguavivas.

Trepo por la popa del barco como si pudiera adherirse a la pared y despareció entre la oscuridad.

Lucia no cometió el desatino de seguirlo. Volvió a su casa y espero sin poderse dormir a que el sol alcanzara su cenit. Entonces regreso, hasta la embarcación que no por ser de día, se veía menos aterradora.

Una vez dentro, armada  con una linterna y un listón. Recorrió las húmedas habitaciones cubiertas de musgo y caracoles  revisando cada rincón. Se sobresalto  con brusquedad cuando al abrir un pequeño armario alado de lo que fuera el timón. Vislumbro un ser glutinoso que se inflaba y desinflaba como si respirara. Luego de reponerse, con el corazón aun acelerado. Volvió a abrir lentamente la puerta y contemplo  el horror.

Sumergido dentro de lo que parecía una bolsa o una larva transparente y babosa de interior liquido. Dormía la criatura tenía la figura de un roedor, con largas patas cubiertas por pelo negro. El rostro parecía el de un niño pequeño, a través de la piel de su cuerpo podían verse sus huesos pequeños, y sus alimentos digeridos a medias.  Tenía branquias. Pezuñas , una larga cola y  unas aletas incipientes. Donde debiera haber estado la boca tenía una especie de tuvo carnoso de forma agusanada, repleto de comillos serosos que  despedían un olor nauseabundo. Coronada por unos extensos bigotes.

La criatura abrió los ojos y arrojó una leve luminiscencia. Parecían los ojos inocentes de un niño recién despertado. Pero no lo eran  Sin flaquear, lucia golpeó a la criatura con el palo, que lanzo un gemido estéril  hasta convertirla en una masa grasienta sobre el suelo, la miro durante unos instantes y se marchó.

Años después Cuando Lucia falleció y sus hijos decidieron vender la casa encontraron en un pequeño baúl bajo la cama su diario, y en él  anotaciones en forma de diario que dejaban constancia de lo sucedido. No existe prueba   alguna capaz de dar veracidad a sus palabras, pues el barco mencionado fue destruido  por completo. La mayoría de las personas que escucharon  esta  historia creyó  que se trataban de los desvaríos de una loca solitaria. Yo quizás opinaría lo mismo si no supiera que la fecha de su incursión, precede a  la interrupción de los ataques, casi con exactitud y que El tigre es tierra de fantasía y ensueño que emana misterios sombríos y sublimes  que se cubren y destapan con cada nueva marea y que  la rígida  historia, a pesar de sus intentos, no logra soslayar.

El libro de los libros es un libro de cuentos cortos de Pablo D`amato. El libro de los libros y todos los cuentos que lo integran, se encuentran registrados.

4 Responses to “El libro de los libros : EL ser del tigre.”

  1. Virtual Memory Low Says:

    I need it now, how can I get it!

  2. Dorthey Doose Says:

    Nicholas Krogh

  3. top trance music Says:

    Going to see Gui Boratto Tonight. Its gonna be stunning. There playing with Astrix. Then next weekend ill be seeing Ferry Corsten. epic nights ahead

  4. TranceAddict Says:

    Going to see Hernan Cattaneo Tonight. Its gonna be epic. There playing with Andy. Then next saturday ill be seeing Bob Sinclar. great nights ahead

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