El libro de los libros – Las esposas de Joaquín Alzegerri
Posted by: Pablo D`Amato in 02 PUBLICACIONES ONLINE, El libro de los libros Add commentsDurante su larga vida Joaquín Alzegerri acometió su labor con esmero ejemplar, gozo de una salud envidiable y de la simpatía de mucha gente que siempre lo tuvo en cuenta por ser el velador de los difuntos seres queridos y de ese honroso titulo dejo constancia la inscripción que hicieron tallar en su lapida cuando a la edad de noventa y nueve años Joaquín Alzegerri falleció.
Según las expresas instrucciones en el primer párrafo de su testamento el cuerpo fue inhumado en un hermoso ataúd de pluma de caoba que el mismo había construido. Un segundo párrafo despertó cierta incredulidad tragicómica, pues expresaba Joaquín Alzegerri expresaba allí su deseo de legar todas sus propiedades a sus múltiples esposas y sabido era por todos que el sepulturero, pobre y solitario, no había poseído ni las unas ni las otras.
Algunas semanas mas tarde cuando una comisión municipal, junto al nuevo sepulturero, dio revisa de las instalaciones del cementerio con intención de refaccionarlo y ordenar algunas ampliaciones resolvió el misterio y destapo el horror.
Durante todos aquellos años, Joaquín Alzegerri había habitado no en la vivienda dispuesta para su función, sino dentro de un mausoleo con dos subsuelos, al que había restaurado con cierto lujo. En el piso mas profundo había dispuesto la habitación, una cocina y una sala de estar, delimitados por biombos. En el superior una biblioteca muy bien provista, un reloj de pie y un escritorio de roble.
El mausoleo se hallaba interconectado por túneles que el mismo había cavado con otras criptas que también había profanado y reconstruido con todo tipo vistosos muebles.
En todas las habitaciones se hallaron sin número de mujeres exhumadas y posteriormente embalsamadas ocupando con tétrica quietud lugares de la vida cotidiana destinados a los vivos. Las rígidas pero hermosas estatuas de yeso que cubrían los cuerpos conservados, se hallaban sentadas a la mesa con gesto de charla, leyendo, jugando ajedrez, caminando o acostadas en la cama en sugestivas posiciones.
Joaquín Alzegerri había creado su propio y solitario mundo y para vencer la inmensa soledad y lo había compartido con un harem de blancas y complacientes amantes.
texto e imagen x Pablo D´Amato


