"maniqui"En la localidad rural de Qulimanchado , tuvo lugar  un hecho de características horripilantes, que el apátrida gobierno unitario se ha empeñado inútilmente en ocultar y que yo hoy me dispongo sin mucha vuelta ni lujo  a hacer de conocimiento mas por aburrimiento que por algún tipo de  afán justiciero.

Joaquín Alzegerri, sujeto de contextura mediana, ojos color de miel, rostro inexpresivo y eternamente joven, reservado y de modales simples pero educados,  de oficio carpintero y sepulturero por elección, era el encargado de construir con sus propias manos, martillos, clavos y tablas,  los ataúdes, que luego de ser rellenados con el correspondiente  difunto,  -debidamente despedido por familiares y amigos, en pomposa o austera ceremonia dependiendo de las posibilidades económicas y aprecio que suscitare en vida el susodicho-  el mismo, enterraba provisto solo de una pala , en  las tierras destinadas por el estado para tal cosa y que llevan el nombre de cementerio. Sitio  que también le era menester vigilar.

Durante su larga vida   Joaquín Alzegerri acometió su labor con esmero ejemplar,  gozo de una salud envidiable y de la simpatía de mucha gente  que siempre lo tuvo en cuenta por ser  el velador de los  difuntos seres queridos y de ese honroso titulo dejo constancia la inscripción  que hicieron tallar en su lapida cuando a la edad de noventa y nueve años Joaquín Alzegerri falleció.

Según las expresas  instrucciones  en el primer párrafo   de su testamento el cuerpo fue inhumado en un hermoso ataúd de pluma de caoba que el mismo había construido. Un segundo párrafo despertó cierta incredulidad tragicómica,  pues  expresaba  Joaquín Alzegerri expresaba allí su deseo de  legar  todas sus propiedades a sus múltiples esposas  y  sabido era por todos que  el sepulturero, pobre y solitario, no había poseído  ni las unas ni las otras.

Algunas semanas mas tarde cuando una  comisión municipal, junto al nuevo sepulturero, dio revisa de las instalaciones del cementerio con intención de refaccionarlo y ordenar algunas ampliaciones resolvió el misterio y destapo el horror.

Durante todos aquellos años, Joaquín Alzegerri había habitado  no en la vivienda dispuesta para su función, sino dentro de un mausoleo con dos subsuelos, al que había restaurado con cierto lujo.  En el piso mas profundo había dispuesto la habitación, una cocina y una sala de estar, delimitados por biombos. En el superior una biblioteca muy bien provista, un reloj de pie y un escritorio de roble.

El mausoleo se hallaba interconectado por túneles que el mismo había cavado con otras criptas que  también había  profanado y reconstruido con todo tipo vistosos  muebles.

En todas las habitaciones  se hallaron  sin número de  mujeres exhumadas y posteriormente embalsamadas  ocupando con tétrica quietud   lugares de la vida cotidiana destinados a los vivos. Las rígidas pero  hermosas  estatuas de yeso que cubrían los cuerpos conservados, se hallaban sentadas a la mesa con gesto de charla, leyendo, jugando ajedrez, caminando o acostadas en la cama en sugestivas posiciones.

Joaquín Alzegerri  había creado su propio y solitario mundo y para vencer la inmensa soledad y  lo  había compartido  con  un harem de blancas y complacientes amantes.

texto e imagen x Pablo D´Amato

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